jueves, 30 de diciembre de 2010

Ocupemos ya sin complejos

Dentro del llamado movimiento okupa existe una vertiente menos conocida orientada a la ocupación de propiedades rurales abandonadas. Este movimiento tiene sus orígenes en el neorruralismo europeo de los años de 1960 y 1970, pero es en los años de 1980 cuando empezamos a encontrar casos de ocupación rural en España.

Las ocupaciones rurales se hacen generalmente en terrenos estatales, porque los resortes de la administración pública son más lentos y pueden pasar años antes de que se tomen medidas, pero también porque existe la posibilidad de que finalmente podamos pedir una concesión del pueblo ocupado, comprometiéndonos a rehabilitar las viviendas respetando el estilo y materiales originales, como ha ocurrido en Aineto, Artosilla e Ibort, en Huesca.

Aunque es tan ilegal ocupar una propiedad pública, como una privada, desde el punto de vista ético son cosas muy distintas. Los pueblos abandonados propiedad del Estado fueron expropiados en su momento en nombre del “bien común” y no están proporcionando ninguna utilidad a la sociedad. Es, en todo caso, el okupa quien está prestando un servicio, invirtiendo su dinero y esfuerzo en rehabilitar aldeas que son un bien público y que, de otra forma, terminarían desapareciendo.

Aunque desde 1996 la ocupación de lugares abandonados está tipificada como delito de usurpación en el código penal, los juzgados suelen considerar resuelta la cuestión con el desalojo de la propiedad ocupada, archivando la causa a continuación. Es decir, que casi nunca se han dictado las condenas previstas legalmente por el delito de usurpación, menos aún tratándose de pueblos completamente deshabitados y sin ninguna función social.

Muchas ecoaldeas hoy consolidadas iniciaron su desarrollo partiendo de ocupaciones realizadas hace veinte años y, con ello, han demostrado que es una opción viable a tener en cuenta a la hora de asentarse en el medio rural en caso de no dsiponer del dinero suficiente para comprar una propiedad.

Para optar por esta solución hay que estar dispuesto a vivir con cierta incertidumbre porque, de hecho, la única certeza que tendremos es que, probablemente, nunca seremos propietarios de la casa que habitemos. A cambio, podremos dedicar nuestro dinero únicamente a acondicionar la vivienda y a hacer mejoras que de cualquier forma serían necesarias.

Un proyecto de este tipo no debemos pensarlo con mentalidad de propietario, sino como si se tratase de un alquiler sin contrato. Es decir, prorratearemos el dinero invertido entre el número de meses que estimemos vivir allí. El resultado, seguramente, será una cifra ridícula si la comparamos con cualquier alquiler legal y, además, el tiempo siempre correrá a nuestro favor, algo muy positivo si queremos llegar a viejos.

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